El alpinismo debate exigir pruebas contundentes para validar las cumbres

Foto: Everest

A mi regreso del viaje por Nepal, leí este artículo y me pareció muy interesante:

Aún es muy reciente el polémico récord de Miss Oh, mientras que Cristian Stangl admitió este verano que había mentido sobre su cima del K-2.
¿Con la palabra de uno ya no basta? Muchas veces, sí, pero no siempre. La presión a la que se ven sometidos algunos alpinistas por apuntarse nuevos récords y así seguir gozando del favor de sus patrocinadores provoca que, de vez en cuando, se caiga en la tentación de mentir y atribuirse una cima que no ha llegado a pisarse.
¿Cómo se confirma que alguien realmente ha hollado el Annapurna, el Everest o el Kangchenjunga? Si las condiciones meteorológicas lo permiten, con una foto. Y, en las últimas temporadas, los expedicionarios han empezado a utilizar dispositivos de localización vía satélite que permiten seguir en tiempo real la evolución del montañero camino de la cumbre. El cuestionado ascenso de la surcoreana Oh Eun Sun en el Kangchenjunga (8.586 metros) ha desatado un debate sobre la necesidad de que se exija a los escaladores que aporten pruebas que confirmen que han llegado a lo más alto de un pico.
El dato
El beneficio de la duda «Mientras Miss Oh afirme que subió, debemos concederle el beneficio de la duda, aunque no haya aportado pruebas que confirmen la ascensión», señala Jordi Colomer, vice presente de la UIAA. «En principio, tenemos que creernos lo que dice ella», añade. Ahora el debate se centra en si además de la palabra de uno hay que demostrarlo con pruebas concretas.
Ochomilistas
Veintidós: Es el número de alpinistas que han alcanzando la cumbre de los 14 ocho miles del planeta, según el registro del alemán Eberhard Jurgalski

El primero: El italiano Reinhold Messner fue el primero en culminar las 14 cumbres, entre 1970 y 1986, todas sin oxígeno.
Corea del Sur: Este es el país que tiene a más alpinistas que han conseguido este récord: Young Seok Park, Hong Gil Un, Wang Yong Han y Oh Eun Sun. Pero en dicho registro consta como «cuestionada» la cima del Kangchenjunga de Miss Oh.
Doce con oxígeno: De los 22 alpinistas, doce usaron oxígeno suplementario en alguna montaña Oiarzábal. Juanito Oiarzábal fue el primer español en conseguir este reto en 1999; luego le siguió el también vasco Alberto Iñurrategui, en 2002, y sin utilizar oxígeno artificial, y este año la tolosana Edurne Pasaban.
Repeticiones
Oiarzábal coronó el Everest por primera vez en el año 1993 con oxígeno artificial y luego repitió esta montaña sin oxígeno. Edurne Pasaban también quiere volver a subir el Everest sin oxígeno la próxima primavera 

Gerlinde Kaltenbrunner. Esta alpinista austriaca ha pisado las trece cumbres más altas del planeta sin oxígeno y en estilo alpino.

Ahora sólo le queda el K-2, que prevé afrontar el próximo verano. 


Foto: Ama Dablam  

Las cimas

Los 14 ochomiles están en Nepal, China, India y Pakistán. Son el Everest, K-2, Kangchenjunga, Lhotse, Makalu, Cho Oyu, Dhaulagiri, Manaslu, Nanga Parbat, Annapurna, Gasherbrum I y II, Broad Peak y Shisha Pangma.
«La ambición y la vanidad no tienen límites: la historia está llena de casos de gente que se atribuye cimas que nunca ha podido demostrar que ha alcanzado. Pero ahora estamos en el siglo XXI y tenemos la tecnología suficiente para acreditar cumbres. Estamos viviendo una época de transición pero estoy convencido que en un futuro inmediato sólo se certificarán las ascensiones si se aportan pruebas», opina Lluís Giner, director técnico de la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada.
«Esta temporada hemos investigado una docena de cumbres dudosas; en la mayoría de los casos no se puede llegar a una conclusión definitiva. Y acabas otorgando el beneficio de la duda al alpinista siempre que no tenga antecedentes de engaños», apunta la escaladora Ángela Benavides, responsable del área del Himalaya de Explorersweb, una de las webs de referencia del mundo de la montaña. «Estamos recibiendo quejas sobre presuntos fraudes, pero quien tiene que emprender una iniciativa para fijar las reglas del juego es la propia comunidad alpinística. Tenemos la tecnología suficiente para confirmar cumbres, desde la captura de imágenes digitales hasta los mecanismos de localización y de transmisión de datos vía satélite», añade Benavides.
Tanto montañeros experimentados como ocasionales caen en la tentación. Benavides relata el caso de Cristian Stangl, guía austriaco que este verano se atribuyó haber hollado el K-2 (8.611 metros): «Creo que ni siquiera pasó del campo 3, al final confesó que se lo había inventado». Stangl se justificó diciendo que mintió porque tenía “miedo al fracaso”.
Hay mentirosos reincidentes, como el holandés Bart Vos, a quien Elizabeth Hawley, autora del mayor registro sobre ascensiones al Himalaya, afirma que desenmascaró en dos ocasiones: cuando aseguró que había subido en solitario por la cara nordeste del Dhaulagiri I (8.1767 metros) y también cuando dijo que había coronado el Everest.
«Desde que ha empezado esa carrera por conseguir marcas, hay gente que engaña. Los alpinistas no somos mejores personas que los ciudadanos de la calle; hemos trasladado los peores valores de otros deportes a la montaña», lamenta Juan Vallejo, integrante junto con Alberto Iñurrategui y Mikel Zabalza de la expedición vasca que protagonizó este verano la travesía del Broad Peak culminando sus tres cimas, de 7.550, 8.031 y 8.047 metros. Este equipo rechaza la competición y apuesta por explorar y abrir nuevas rutas.



Foto: Campo Base Everest

«En el alpinismo no hay reglas, y eso es lo bonito, pero quien opte a un premio, a un récord, quien quiera ser el primero debe demostrarlo; si los haces por gusto no hace falta acreditar nada”, opina Vallejo.

Jordi Colomer, vicepresidente de la Federación Internacional de Montañismo y Escalada (UIAA, en sus siglas en francés), con sede en Berna, está a favor de que se reclamen pruebas tanto al que dice «que ha subido un ocho mil como al que abre una nueva vía de escalada en Montserrat». «El debate está ahora en el seno de la UIAA; si finalmente decidimos oficializarlo, el código ético de montaña deberá incluir un apartado que haga referencia a la necesidad de presentar evidencias”, indica Colomer.
Ferran Latorre, que suma seis ocho miles y la próxima primavera abordará su cuarto intento del Everest, sin oxígeno, considera que la UIAA debe emprender un paso adelante y dar un veredicto de cumbre en caso de que afloren sospechas o de que haya disputas. «La UIAA tiene que actuar como árbitro si hay dudas. Sería una manera de que no se produjesen más casos que desprestigian el alpinismo», indica. Por eso reivindica una federación internacional más potente e influyente. Por su parte, Edurne Pasaban, que disputa con Miss Oh el título de ser la primera mujer en conquistar los 14 ocho miles, también subraya que «ya ha llegado el momento de regular la montaña». 

La opinión generalizada es que el montañismo no es tan distinto de otros deportes. La condición humana es la misma. «Los escaladores no somos diferentes de otros colectivos; la presión creciente por lograr un reto, por los patrocinadores, influye en que se mienta», subraya Jordi Colomer. Aunque mentirosos ha habido siempre, otra cosa es que afloraran. Y el fair play hacía que muy pocos se atrevieran a poner en duda la palabra de otro.

Las expediciones comerciales han irrumpido con fuerza, pero todavía resiste un puñado de alpinistas que siguen explorando y abriendo nuevas rutas por placer, por aventura, por espíritu de superación y porque todavía conservan elevadas dosis de pasión y romanticismo.

Frente a los que quieren un alpinismo de récords y carreras, otros se resisten a vulnerar los valores de solidaridad y superación personal. «Nosotros trabajamos por un alpinismo más puro, no estamos por usar oxígeno suplementario, primamos la preparación física y psicológica, ir paso a paso.
Las expediciones comerciales ensucian la montaña: el Everest o el Ama Dablam están llenos de cuerdas fijas, de bombonas de oxígeno… Los intereses comerciales rompen con la ética de este mundo», concluye Lluís Giner.
Fuente: La Vanguardia/Albert Bosch
Fotos: Alex Clarasó

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