Ascensión a los volcanes de Ecuador www.sportvicious.com

Maite Pariente narra su experiencia de ascensión a los volcanes de Ecuador, recorriendo Pasochoa, Pichincha, Illiniza Norte, Cotopaxi y Chimborazo.

ASCENSIÓN A LOS VOLCANES DE ECUADOR

Me encontraba en la cima del Cotopaxi, a 5.897 metros, intentando atrapar con mi cámara aquello que mis ojos aún no podían creer y luchando contra el frío que mordía mis dedos cada vez que me quitaba los guantes para tomar una foto, cuando, de repente, el walkie-talkie de mi guía cobró vida con la voz entrecortada del guarda del refugio.

Al principio solo escuché ruido, pero enseguida las palabras se ordenaron en un mensaje claro y contundente:»Tenéis que bajar inmediatamente. La tierra se ha movido bajo nuestros pies. Quizá el Cotopaxi ha decidido comenzar a rugir.»

Un escalofrío recorrió mi cuerpo y una sensación, mezcla de vértigo y miedo, se apoderó de mi mente y de mi corazón.

La montaña estaba viva. Quizá había conquistado su cima, pero tal vez ella había decidido quedarse con algo a cambio.

QUITO: PRELUDIO DE LA AVENTURA – ASCENSIÓN A LOS VOLCANES DE ECUADOR

Unos días antes llegaba al aeropuerto de Quito para comenzar mi travesía por la Avenida de los Volcanes. Mi corazón latía con fuerza e ilusión: cinco de los casi cien volcanes que custodian el horizonte ecuatoriano me estaban esperando como un desafío irresistible.

Quito sería mi campo base los dos primeros días de mi fase de aclimatación. La capital de Ecuador se encuentra a 2.800 metros de altura, asentada en dos laderas del volcán Pichincha. Construida sobre los cimientos de una ciudad antigua inca, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1978.

No tenía demasiado tiempo para el turismo, pero valió la pena robarle horas al descanso para hacer un viaje al pasado mientras caminaba por su centro histórico. En sus calles coloniales respiré la fusión del legado indígena con la herencia española.

PASOCHOA: EL VIUDO SOLITARIO

Apenas había dormido unas horas después de aterrizar en Ecuador cuando me dirigí al Pasochoa, 4.200 metros, volcán extinto a 56 km de Quito y primera cima de aclimatación. Su nombre proviene del panzaleano: paso (viudo) y chu (solitario).

Desde el oeste, se observa la caldera colapsada y cubierta de abundante vegetación; mientras que desde el lado oriental destacan los picos del cráter, escarpados riscos coronados por hierbas en penacho.

Su ascenso es un agradable paseo por un bosque de neblina, matorrales húmedos y páramos de pajonales originarios de los Andes, donde cohabitan más de 60 especies de árboles nativos, 232 de plantas y 128 de aves registradas, entre ellas el gallinazo y el cóndor.

Lo más sorprendente: su imponente caldera de dos quilómetros, que esconde un bosque andino originario, un santuario intacto al paso del tiempo y a la intervención humana.

Lo más increíble: las vistas de algunos de los gigantes que forman la Avenida de los Volcanes —Cotopaxi, Antisana, Cayambe e Illinizas—.

Subir al Pasochoa me regaló un poco de su libertad indómita.

GUAGUA PICHINCHA: LA MONTAÑA QUE RESPIRA – ASCENSIÓN A LOS VOLCANES DE ECUADOR

Mi segunda cima fue el Guagua Pichincha, 4.784 metros, a solo 12 kilómetros de Quito. Es el volcán más activo de los Andes Occidentales ecuatorianos. La palabra «guagua» nace del quichua y significa “niño”.

Su última erupción registrada ocurrió en 1999 y fue explosiva: generó una nube de ceniza y gases volcánicos que cubrió gran parte de Quito, afectando a la población y la economía local. No hubo víctimas mortales directas, pero sí la evacuación de unas 100.000 personas.

Desde entonces, el volcán ha permanecido en un estado de baja actividad, aunque desde 2023 se ha observado un incremento en la altura de las fumarolas y se han detectado anomalías térmicas. Por ello, el descenso al cráter está prohibido, recordándonos que su espíritu sigue inquieto.

El ascenso no fue técnico, pero sí exigente por el clima variable. Viento inclemente y niebla persistente me acompañaron casi todo el tiempo. Solo a ratos, los claros dejaron ver la caldera llena de ceniza: un recordatorio de que, bajo esa calma, late un corazón incandescente.

Subir al Pichincha me regaló un poco de su vida latente bajo la tierra.

La primera ascensión documentada ocurrió el 26 de mayo de 1802 por una expedición científica liderada por el barón Alexander von Humboldt.

ILLINIZA NORTE: AMOR A SEGUNDA VISTA

De todas las montañas de este viaje, el Illiniza Norte (5.126 m) fue la que más me sorprendió. Esperaba una ascensión sencilla y me mostró su lado más salvaje y hermoso

Illiniza es un estratovolcán situado a unos 100 kilómetros al suroeste de Quito. Potencialmente activo, consta de dos picos cubiertos de nieve separados por un filo de hielo: Illiniza Sur (5.245 m) e Illiniza Norte (5.126 m). Su nombre deriva de la palabra «kunza» y puede traducirse como «cerro varón».

Mientras que el Illiniza Sur requiere una ascensión más técnica debido a su naturaleza glacial, el Illiniza Norte, rocoso y expuesto, demanda menor habilidad de escalada. Sin embargo, después de una nevada o noches frías, puede requerir cuerda y crampones.

Pasamos la noche en el refugio Nuevos Horizontes, a 4.700 metros. Llegar allí fue ya una aventura: nieve, viento y niebla nos acompañaron a cada paso. En ocasiones, el Illiniza Norte mostraba entre claros su colosal silueta, como promesa de un cercano encuentro.

El día de cumbre, tras una noche de intensa nevada y con temperaturas excepcionalmente bajas, el ascenso se convirtió en un pequeño desafío alpino: trepadas expuestas sobre roca, nieve y hielo, aderezadas con un fuerte viento.

Cada tramo exigía una concentración absoluta. Aun así, disfruté de cada pequeño avance.

Y por si eso fuera poco, cuando la cima estaba cerca, la niebla se abrió y permitió contemplar al Illiniza Sur emergiendo entre las nubes como un gigante que nos saludaba. Un hermoso regalo.

No solo fue una cima más en el proceso de aclimatación; fue un encuentro íntimo. La montaña me probaba, valoraba si merecía acercarme a los grandes: Cotopaxi y Chimborazo.

Subir al Illiniza Norte me dio la confianza que necesitaba para afrontar con éxito los próximos retos.

La primera ascensión documentada fue el 17 de noviembre de 1953 por una expedición de la Universidad de Colorado liderada por Bill Litz y Tom Kelliher.

COTOPAXI: EL GUARDIÁN SAGRADO – ASCENSIÓN A LOS VOLCANES DE ECUADOR

El Cotopaxi no es un volcán cualquiera. Su silueta perfecta, coronada de nieve, es un símbolo de Ecuador. Su nombre, de origen quichua, significa “cuello sin cabeza”, aunque la leyenda lo llama “cuello de luna”, pues en ciertas noches el astro parece posarse sobre su cima.

Para los pueblos originarios era una divinidad masculina, guerrero de fuego que protegía los valles. Subirlo no es solo una hazaña física: es un ritual de respeto.

La ascensión comienza en el refugio José Rivas (4.800 m). Desde allí, el camino asciende en zigzag hasta alcanzar el glaciar, donde colocamos crampones, piolet y cuerda.

A la luz del frontal, la ruta transcurre sobre pendientes interminables, algunas de hasta 65 grados.

La parte del glaciar es conocida como “el laberinto”. El paisaje allí es tan espectacular como inquietante.

Pequeñas avalanchas, desprendimientos de bloques de hielo y profundas grietas, todo ello causado por el calor interno del volcán recuerdan que cada paso exige técnica, paciencia y concentración.

Alcanzamos la antesala de la cumbre antes del amanecer. Las temperaturas extremas nos obligaron a cavar un pequeño iglú de nieve para conservar el calor corporal. Lo más sorprendente fue el aire impregnado de azufre, que se volvía más intenso a medida que nos acercábamos a la cima.

Y fue a 5.897 metros, mientras disfrutábamos del amanecer en la cima, cuando llegó la alerta: el volcán podría comenzar a rugir. Sin demora, y con las piernas temblando, emprendimos el descenso.

Apenas tuve tiempo de tomar fotografías; la urgencia era clara. Por primera vez en mucho tiempo pensé que quizá no saldría de allí con vida.

Más tarde supimos que se trató de un seísmo de magnitud 4,8, sin cambios significativos en la actividad del volcán.

Subir al Cotopaxi me recordó que la montaña da vida, pero también puede quitártela.

El primer ascenso registrado fue el 28 de noviembre de 1872, por el geólogo alemán Wilhelm Reiss junto con su colaborador colombiano Ángel Escobar.

CHIMBORAZO: EL REY DE LOS ANDES – ASCENSIÓN A LOS VOLCANES DE ECUADOR

El volcán Chimborazo, de 6.263 metros, es considerado latentemente activo. Su nombre proviene de la combinación de las palabras “chinpu” (“caliente” o “candente”) y “rasu” (“nevado”); es decir, esta montaña se llama “nevado caliente”.

Más allá de las cifras, guarda un récord cósmico: por la forma de la Tierra, su cumbre es el punto más cercano al Sol. Allí no solo se toca el cielo, sino que se roza el universo.

Dejamos el coche en el refugio Hermanos Carrel, a 4.800 metros, y caminamos por un terreno de suave pendiente hacia la base de la larga arista por la que ascendimos hasta llegar al campo de altura, a 5.300 metros, donde descansamos algunas horas.

La ascensión por la ruta normal —ruta del Castillo—, equipados con crampones, piolet y cuerdas, se divide en varias etapas: primero, un sendero rocoso y arenoso con nieve y hielo que bordea la montaña; luego, una aérea arista de tierra helada cada vez más empinada; más adelante, una pared de unos seis metros cubierta de hielo que hay que escalar; y, sobre los 5.600 m, un glaciar eterno, con rampas de 50° que conducen a la antecumbre Veintimilla, 6.270 metros.

Allí, el tiempo se detiene y se reduce a lo esencial: respirar, avanzar, sentir. No hay nada más, y no quiero nada más.

Unos metros más arriba alcanzamos la cumbre principal: la cumbre Whymper. Una mezcla de euforia y humildad me invadió. Ante mí se extendía un océano de nubes y bajo mis pies, la montaña que toca el cielo.

El Chimborazo fue la última lección: la humildad de aceptar que la grandeza no está en llegar, sino en atreverse.

Cada metro ganado me enseñó que los límites son más mentales que físicos, que el cansancio también es parte de la victoria y que la montaña, en su dureza, premia a quienes la miran con respeto.

El primer ascenso registrado fue el 4 de enero de 1880 por el montanista británico Edward Whymper, acompañado por los hermanos suizos Jean Antoine y Louis Carrel.

Raymond Lambert y su esposa Annette realizaron el ascenso al Cotopaxi el 9 de marzo de 1957 y luego al Chimborazo el 17 de marzo de ese mismo año. Fue la primera vez que una mujer había escalado alguno de esos picos.

VIVIR Y MORIR ENTRE GIGANTES – ASCENSIÓN A LOS VOLCANES DE ECUADOR

Hoy, al recordar mi paso por la Avenida de los Volcanes, sé que no fue solo una travesía para alcanzar cumbres increíbles, sino un viaje hacia mi interior. En cada cima encontré un espejo: mi fragilidad y mi fuerza, mi miedo y mi pasión.

Las montañas no se conquistan; se comparten. Subimos prestados y bajamos transformados.

Descendí de esas alturas con algo claro: la vida se mide en instantes que cortan la respiración, en esos segundos en los que el corazón late tan fuerte que parece confundirse con el rugido eterno de los gigantes.

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Texto y fotografía de Maite Pariente